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Juego de reflejos

Cuento Juego de Reflejos.

“La literatura es trabajo, dedicación, autocrítica, respeto por el lenguaje. Una chispa, inspiración si se quiere, y allí sí la pasión, pero trabajada, tamizada, enriquecida. Muchas horas (...) escribiendo, corrigiendo, puliendo palabras. La intención sola no alcanza.”
(Angélica Gorodischer)

El extraño saborea su café. El extraño saborea su café junto a la ventana. El extraño saborea su café junto a la ventana que lo protege del agua. El extraño saborea su café junto al ventanal que lo protege de la lluvia. A su vez, el techo de araña colgante también le da cobijo. A su vez, el techo del lugar, con su araña colgante, también le proporciona asilo.
Es tan dubitativo el escribir, cuando induce a los cambios y sufre mutaciones en el recuento de frases y su revisión… Aunque, no es una transformación espontánea, adrede, per sé, porque sí. Y sin embargo, siempre hay algo de inspirador en una noche de lluvia, con la nariz pegada al vidrio de un café escondido. Mientras se mira hacia fuera. Tan sólo eso, se mira hacia la fina cortina de agua que cae, ajena a cualquier circunstancia que no sea la gravedad. O, tal vez, la inspiración resida en aquel hombre que mira a través del cristal, que contempla la vereda que rodea el lugar. Y que, al mismo tiempo que percibe la humedad externa, acompaña a las agujas del reloj y marchita las horas, simplemente garabateando frases en un cuaderno.
En el exterior, las veredas de baldosas flojas que rodean las cinco esquinas aparecen encharcadas, y los transeúntes circulan de acá para allá, dibujando firuletes en zigzag con trazos invisibles. Pareciera que se esmeran en la tarea de esquivar lagunas, lagos, ríos, mares y océanos en miniatura. Liliputienses, bah.
La atención del hombre se detiene en los árboles, en las copas tupidas que gradualmente acusan el peso del rocío acumulado después de toda una vida. Es entonces, después de toda esa vida, cuando se ve caer una hoja. Una sola y solitaria hoja; una hoja de color amarillo limón, que se desprende de alguna rama oculta en las alturas y se va. Parte, acompaña al agua celestial en su expedición vertical. El hombre mira caer la hoja, así de simple, y sus manos garabatean algo veloz en el cuaderno. Mientras tanto, amarilla limón, la hoja, toca por fin la superficie empapada de una baldosa escogida al azar.
Casi con seguridad, para el que sólo se dedica a mirar, a observar la vida sin buscar explicarla; a ver y dejar que el tiempo y sus circunstancias pasen; casi con seguridad, para alguien así, esa postal de noche lluviosa es bella. ¿Por qué no habría de serlo, al fin y al cabo? No existe ningún axioma que postule “lo ideal es una noche rebosante de estrellas, y la luna llena como corolario”. Quizás por eso, también, por lo arbitrario, libre y sin consecuencias de la observación, la hoja Amarilla limón puede considerarse como un hecho inaudito.
En efecto, cuando de la poesía de una mirada se trata, ésta no reconoce ni el lenguaje de la Razón ni el de la Ley de Causa y Efecto… ¿Por qué, entonces, no escribir la caída de una hoja hacia la vereda?, se interroga el extraño que degusta su cortado en soledad, acompañado únicamente por el ronroneo de la máquina de café, en el mostrador. ¿Por qué no?, me pregunto, cuando comprendo que, al fin y al cabo, lo poético del lenguaje reside en su efecto musical, azaroso e inconexo. En su capacidad de emocionar, conmover y sorprender. Prima, entonces, la subversión lingüística de lo real, su transformación en metáfora de otra cosa que ocupe su lugar; la resignificación o reasignación de roles; y a esa conclusión llego.
Con aplomo, me acerco al extraño, fascinado por ese aire importante y ese no sé qué de la soledad que lo acompaña. ¿Será que me da la imagen de un dandy, tal vez? Él levanta sus ojos y me mira.
Tal como estaba previsto, no hacen falta las palabras. Extiendo una mano, agarro el respaldo de la silla, la corro y me siento. Al mismo tiempo, él toma su taza, la acerca ceremoniosamente a su boca y degusta, apenas mojándose los labios, la bebida ritual. El cuaderno está al alcance de mi mano, por lo que acerco a mi rostro su letra cursiva prolija, impresa en trazos azules y enérgicos, paralela a cada una de las líneas rayadas. Leo.

“Un cigarro que humea.
Terciopelo negro.
Una coda de piano.
Un caminante que sonríe.
(Por diecisiete segundos, de fé.)
Una carta.
Una mujer hermosa.
La escultura de un ángel.
Y se funde hacia el negro.
(Una cortina de agua desde el Cielo al Infierno y las ondas circulares que provocan las gotas al estrellarse.)”

Ya olvidados del papel, mis ojos atinan a mirar al extraño, por sobre el humo de su cigarro, que fuma apreciativamente, con una mueca de placer dibujada en las comisuras de su boca.
–O las hojas–, le sugiero.
Los ojos y la atención del extraño regresan desde lejanas regiones, se vuelven hacia mí y me miran. Él sabe de qué hablo; por eso se sonríe con aire benigno, y contesta:
–O el cuerpo de un hombre, ¿verdad?
Sin dejar de sonreírme, se incorpora, hurga en los bolsillos de su pantalón, extrae un billete de cinco pesos y lo deposita junto a la taza, ahora vacía. Acto seguido, encamina sus pasos hacia la puerta de calle. No saluda antes de salir, y yo lo miro irse, hasta que se pierde tras una pared en la esquina contraria, la quinta. Entonces me doy cuenta de que su cuaderno continúa abierto, en mis manos. Lo cierro, y en la cubierta puedo leer un título, una palabra, escrita en letras mayúsculas de imprenta:

“REFLEXIONES”

No hay ningún nombre. Ninguna referencia en ninguna parte. Es un anónimo, un desconocido, a stranger on the street, como rezaría una canción perfecta de un disco que alguna vez adoré. Se trata de un extraño que desnuda sus reflexiones y pensamientos para otro extraño, quizás. Vuelvo a abrir el cuaderno, y empiezo a leer una página cualquiera.

“El extraño saborea su café junto al ventanal que lo protege de la lluvia. A su vez, el techo del lugar, con su araña colgante, también le proporciona asilo. Mira distraído, alternando el exterior, las calles mojadas y el desfile de peatones y automóviles, y el interior, la quietud aparente de un lugar donde el tiempo se detiene, pero no. De pronto, observa al extraño, al otro, que saborea su café en el extremo opuesto del bar. Sin pensarlo demasiado, llevado por un impulso repentino, se levanta, cubre la distancia que separa su mesa de la del otro con paso decidido y firme, y se sienta frente a él. El otro no dice nada, ni parece sorprenderse. El extraño toma, entonces, el cuaderno del otro y lee lo que éste ha estado escribiendo. Cuando acaba, tras llegar a la última línea escrita, el extraño se limita a sugerir ‘O la hojas‘, a lo que el otro replica ‘O el cuerpo de un hombre‘. Tras sus palabras, el otro se levanta dedicándole una sonrisa al extraño, abona su consumición, se va y se pierde en la quinta esquina.
”El extraño, al rato, cierra el cuaderno que el otro dejó en sus manos, como olvidado. Lo abriga bajo el brazo y sale del bar. Se va. Deambula por calles oscuras, bañado por la fina llovizna que lava las huellas de su andar. Finalmente, llega a su morada, en el noveno piso de un edificio de departamentos. Entra en su cubículo y sale al balcón, se trepa a la reja que lo separa del vacío, extiende los brazos en cruz, simulando alas o la Crucifixión, y salta.
”El extraño cae. Cae, como si se tratara de una hoja amarilla limón, y se estrella contra el adoquinado húmedo con un ruido sordo.”

Me siento congelado, cuando termino de leer el relato. Aunque sé que son meras palabras. Y que las posibilidades son infinitas. Podría trabajarlas, cambiarlas, corregirlas, pulirlas, alterarlas, metamorfosearlas… incluso podría, simplemente, destruirlas o contradecirlas. Pero ya sé que esa idea inicial, esa caída, ese salto al vacío; ese motivo, si se quiere, persistió, persiste y persistirá. Pese a mí, un extraño. Y pese a cualquier otro extraño que lea, o no, lo que yo leí. Porque el lenguaje, me recuerdo, no responde a las leyes de causa y efecto, cuando de poesía se trata.
Y si otro extraño tuvo la capacidad de hallar, en la caída de mi cuerpo sobre el asfalto mojado, un rastro de poesía (sádica, es verdad, pero poesía al fin), comparándome con una hoja amarilla, muerta; es entonces, en mi agonía, cuando comprendo que es el hombre que me observa maravillado, desde el café de la esquina, quien lo leerá en el cuaderno que algún extraño poeta del Apocalipsis le mostrará. La lluvia y los truenos de esta noche lo preanuncian. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa es la Pasión, sino el Destino de Trascendencia?

Comentarios » Juego de reflejos

  1. Polo Sur  »  #  »  25.07.05

    asì me gusta.

    un abrazo.

  2. DudosaEstrella  »  #  »  26.07.05

    Agobiantemente bueno.

  3. Demian  »  #  »  14.04.06

    Hermoso…

  4. Levi Rua  »  #  »  10.08.06

    Wow hombre me ha encantado! no he podido dehar de leerle como 5 o 6 veces ya! venga hombre me ha tocado muy intenso

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