Imágenes halladas en una vieja hoja de cuaderno rayado.
Me doy cuenta de que no busco tanto comprender lo que dice, o el sentido de lo que dice, como descubrir lo corporal, la gracia de los movimientos que parece no percibir: abrir y cerrar una mano, con dedos finos y de piel suave, tersa, grácil; pisar, jugar, asesinar lúdicamente un envoltorio de pajita de gaseosa. Mover sus pies, descruzar sus piernas, simplemente caminar… Reconcentrada en las palabras que busca, se olvida de aquel lenguaje gestual, corporal, que también la hace ser ella.
Enternece graciosamente, es como si un ejército de hormiguitas me recorriera. Busco sus ojos, tratando de hallar un rayo de luz que provenga de su alma. ¡Ahí está, ahí está! Un momento, una sonrisa, un encuentro fortuito de miradas, y mi ojo que se cierra y vuelve a abrirse… ciego.
Sonríe, sonríe y fascina, otra vez.
Hola Amor
cómo te ves
esta Noche –tan sola & real–
en tu Lugar habitual,
un Bar cualquiera
de la Ciudadormida.
Tu Aire fino,
decadentElegancia
contrasta con la Enagua –que se mece en tu Silla–
al Ritmo de un Sampler cruel,
sin sólida Melodía
impura Compañía (otra Mentira).
Adios Amor,
sólo pasé
a echar un Vistazo,
crei soñar en tus Ojos
& quise saber
si conservan ese Brillo de Aristógata.
Sólo me dicen
que asumiste la Realidad
–pura & fatal–,
ya no quedan Reductos
para el Glamour
–que los Años se llevan.
Adios, mi Tiempo se acaba
& debo alcanzar otro Nivel.
Me iré por Calles intransitadas
a buscar la Elegancia
que corre hacia Mañana,
donde reina el Ayer.
& tu Recuerdo
continúa firme
dentro de mi Mente;
pero tu Belleza
es tan clásica
–& ya no vivimos del Pasadotra vez.
Lejano Cóctel de Risas
me pierdentre los Árboles
…& sus Hojas que pasan,
haciAmanecer,
aquella Elegante Forma
de la Evasión
E-va-sión
Eva-sión.
—Sabe a chocolate con almendras —dijo, y le sacó el ojo con la misma cuchara.
Iván siempre fue un hombre perturbado, con serios problemas para contener sus impulsos. Pero ese día se sentía alegre y relajado.
Como todas las mañanas de invierno, cruzó la calle y se ubicó en la misma mesa de siempre, junto a la ventana. Ya no era necesario que realizara el pedido: una sonrisa y una mirada de sus ojos claros resultaba suficiente para que Juana le sirviera su vaso de chocolate caliente con almendras y el mufin esponjoso.
Todo parecía parte del ritual cotidiano, salvo porque esa vez esperaba a alguien. Y ese alguien estaba entrando en ese preciso momento.
—Buenos días, Iván —dijo el recién llegado, sentándose frente a él—. ¿Sabes por qué estoy aquí?
Iván lo miró atentamente sin responderle. Su inusual compañero dirigió una mirada de sus ojos marrones al mostrador y pidió un café con el gesto habitual. Luego, comentó:
—Me dijeron qué clase de trabajos realizas y que eres muy bueno, por eso te necesito.
Iván inclinó levemente la cabeza y continuó observándolo en silencio.
—Se trata de un trabajo simple. Debes hacer que esta persona deje de fastidiarme —dijo el hombre, y le alcanzó una foto del senador recortada del diario.
Juana se acercó con los pedidos y apoyó el café y el chocolate caliente sobre la mesa. Iván le dirigió una cálida mirada, elogiando con gestos el exquisito chocolate:
—-Juana, tú sí que sabes hacerme feliz.
—¿Y? —preguntó su compañero de mesa— ¿Qué dices? ¿Vas a hacerlo? No tengo tiempo que perder. Me han dicho que él ya contrató a alguien para hostigarme.
Iván lo escudriñó con fijeza, tomando la cuchara. Revolvió lentamente su chocolate y le preguntó:
—¿Sabes a que sabe esto?
“Si nadie te abraza, lo harás.”
(Los 7 Delfines – Tu orden)
Me acuerdo de que la lluvia te mojaba, y vos la sentías a través de la tela de ese vestido corto y celeste, como veteado de nubes. Era el mismo que habías usado a veces, para disfrutar las caricias del sol. Pero ahora era la lluvia que te mojaba, y entonces vos levantabas la cabeza; de cara hacia el cielo, cerrabas los ojos, abrías la boca, extendías los brazos y te convertías en una cruz. Una cruz que por el agua se dejaba acariciar.
Pero no estabas feliz. Y tus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia, en una comunión que iba resbalando lentamente por tus mejillas.
Yo te miraba llorar, acurrucada junto a tus plantas. Tu jardín del balcón, que con tanto amor habías regado, cuidado, acomodado y contemplado durante esos años. Te miraba, cuando acariciabas las hojas de las plantas y les hablabas, repentinamente cercana al mar, con palabras silenciosas y dulces. Pero ellas no entendían. Porque vos te ibas a ir y no podías llevarlas con vos; porque las plantas, decías, son hijas de la tierra que las vio nacer y crecer. Y estaban destinadas, algún día, a morir en ese lugar. No como nosotros, criaturas errantes, extraños seres que se dedican a deambular por los días y por las noches, en ciudades infestadas de tinieblas, en antros de la perdición, en parques tapizados por el crujir de las hojas secas en otoño… No como nosotros, que nos dedicamos a vagar, errantes criaturas dotadas con el don o la maldita tortura del movimiento… No como nosotros, condenados a vagabundear de acá para allá, en busca de algo que no conocemos y se nos vuelve siempre esquivo. Y cuando finalmente creemos haber hallado un cierto asentamiento, éste resulta de una realidad ilusoria… y así debemos emprender, una vez más, la marcha que nos conduce a otros lugares y otras gentes.
Y vos ya sabías que lo que buscabas se encontraba más abajo, más profundo. En realidad, te habías dado cuenta de eso la tarde que una viejita del sexto (ya se sabe de lo que son capaces las víboras) te contó la historia final del anterior ocupante del departamento, ¿te acordás? El que había fallecido por culpa de algunos tornillos flojos en la baranda de tu balcón. Sin embargo, en aquel entonces no le diste demasiada importancia a su advertencia velada… aunque algo en esas palabras te había indicado un camino posible.
Ahora, poco a poco, y hablando todavía con tu jardín, te encaramabas a la baranda y al borde del balcón. Entre sollozos mirabas hacia abajo, a la gran avenida y su desfile de automotores y gente. Y de repente, empezabas a reírte, porque te acordabas de algo que habías leído sobre el aplastamiento de las gotas, que era como un suicidio desde el borde. Pero un suicidio involuntario, a veces, que siempre terminaba en un sonoro plaf, con la redonda complicidad de la gravedad. Y vos te veías en esa situación, una entre miles de gotas que pedían caer hacia su destino. Era seductor.
Y yo, aunque vos no podías verme ni saberlo, yo te miraba y tenía ganas de abrazarte y decirte que partir no implicaba morir; que ya volverías a disfrutar de un jardín… pero no podía hacer nada mientras te despedías de tus plantitas y les decías que ibas a buscar, por fin, tu lugar, tu tierra, tu reposo, un lugar donde volver a nacer y crecer; porque, en el fondo, vos eras como ellas, una hija de la tierra. Por más que a veces te movieras, como deberías hacer ahora para desplazarte y llegar a ese centro que anhelabas.
Y entonces, yo miraba, con los ojos muy abiertos y una muda protesta, cómo tus manos soltaban esa baranda (que esta vez sería inocente). Y tus pies sentían, la última vez, esa levedad que constituye el vacío… como las manitas de las gotas en movimiento.
Y te reías, y llorabas… de pura felicidad.
Seguramente, la brisa te llevó mis palabras: Adiós, gotita, adiós.
Y el inocente niño que caminaba por la vereda de enfrente, ese niño que se resistía a cobijarse bajo el paragüas protector que le ofrecía su madre, te vio también, y exclamó: ¡Mirá, mamá! Un ángel está cayendo del cielo.
“Una literatura de pasajes.”
(Beatriz Sarlo)
Un estampido seco. Un sacudón terrible del césped y restos verdosos esparcidos alrededor. La retroalimentación que regresa todo a su estado normal, pero no. La fuerza aplicada al objeto esférico que ahora empieza a elevarse del suelo, a surcar el aire rumbo a su objetivo; la fuerza resultó feroz.
En la otra punta del vector, los ojos otean el horizonte y ven agrandarse en su campo visual la vaga silueta redonda que se va acercando cada vez más a cada (mili)segundo que pasa. Una gota de sudor empieza a deslizarse por la frente; resbala mansa, llega al límite exacto y lo traspasa; se desplaza por la mejilla y se mezcla con las lágrimas que comienzan a brotar solas de los ojos ya cerrados.
Entre el punto de inicio y el final de su trayectoria media una distancia equivalente a campos y campos minúsculos de hierba rala. Su elevación, a medida que recorre el espacio, se incrementa. En un momento se nivela, permanece horizontal. Pero es sólo un instante: ahora empieza a decaer, a caer, a caer hasta situarse al nivel de una cabeza humana.
Instintivamente, el brazo se estira y busca proteger quién sabe qué del contacto, del impacto inevitable. Pero es inútil. Es inútil todo intento de huir de la realidad, pues la suerte estaba echada desde el mismo momento en que eso partió de su origen.
Y eso alcanza de lleno el blanco y concreta su objetivo de victoria.
El grito unánime de los fanáticos que colman el estadio con el dolor de cuerpos mutilados por la explosión; los saltos de alegría y el derrumbe de la edificación; la desilusión de los perdedores, el llanto de los niños; la pelota ajena a todo, la bala de cañon ajena a todo.
El héroe de la noche llevado en andas por sus compañeros.
El artillero felicitado por su superior.
Las paralelas que se tocan por ahí.
De repente, mientras curioseaba las entrelíneas de antiguos escritos añejados en un .doc, encontré una nota al pie. Documento de una cierta forma de escribir, hoy en día la desaprobaría; pero, en su momento, me pareció la manera más acertada para contar las cosas que tenía que (dejar de) contar.
¡Idiotas! El Tesoro más grande de la Creación aparece justo esa tarde-noche ante sus mismísimas narices y ellos se preocupan más por la forma de narrar acontecimientos totalmente superflúos antes que por levantar los ojos y dar la bienvenida a la damisela, a la Reina de reinas5, a la Inspiración en persona que llega junto a la silla vacía, la corre con delicadeza y luego se sienta, prodigándome una mirada cargada de dulzura eterna, infinita, innata…
5 Un poeta llamado Ricardo me describió, en cierta noche ya perdida en los recovecos de la memoria, como un rey sin corona. La evocación de esa sentencia y su ulterior asociación con Ella me llevó a la conclusión de que yo no puedo ser rey y ella es la mujer, la Reina; yo no puedo ser personaje y ella puede ser autora; mi vida es la constatación, la constancia de lo efímero: un perpetuo focalizar en los detalles, en la fugacidad de los instantes, y su vida, en contrapartida, es la Eternidad. (N. del A.)
Cuento Juego de Reflejos.
“La literatura es trabajo, dedicación, autocrítica, respeto por el lenguaje. Una chispa, inspiración si se quiere, y allí sí la pasión, pero trabajada, tamizada, enriquecida. Muchas horas (...) escribiendo, corrigiendo, puliendo palabras. La intención sola no alcanza.”
(Angélica Gorodischer)
El extraño saborea su café. El extraño saborea su café junto a la ventana. El extraño saborea su café junto a la ventana que lo protege del agua. El extraño saborea su café junto al ventanal que lo protege de la lluvia. A su vez, el techo de araña colgante también le da cobijo. A su vez, el techo del lugar, con su araña colgante, también le proporciona asilo.
Es tan dubitativo el escribir, cuando induce a los cambios y sufre mutaciones en el recuento de frases y su revisión… Aunque, no es una transformación espontánea, adrede, per sé, porque sí. Y sin embargo, siempre hay algo de inspirador en una noche de lluvia, con la nariz pegada al vidrio de un café escondido. Mientras se mira hacia fuera. Tan sólo eso, se mira hacia la fina cortina de agua que cae, ajena a cualquier circunstancia que no sea la gravedad. O, tal vez, la inspiración resida en aquel hombre que mira a través del cristal, que contempla la vereda que rodea el lugar. Y que, al mismo tiempo que percibe la humedad externa, acompaña a las agujas del reloj y marchita las horas, simplemente garabateando frases en un cuaderno.
En el exterior, las veredas de baldosas flojas que rodean las cinco esquinas aparecen encharcadas, y los transeúntes circulan de acá para allá, dibujando firuletes en zigzag con trazos invisibles. Pareciera que se esmeran en la tarea de esquivar lagunas, lagos, ríos, mares y océanos en miniatura. Liliputienses, bah.
La atención del hombre se detiene en los árboles, en las copas tupidas que gradualmente acusan el peso del rocío acumulado después de toda una vida. Es entonces, después de toda esa vida, cuando se ve caer una hoja. Una sola y solitaria hoja; una hoja de color amarillo limón, que se desprende de alguna rama oculta en las alturas y se va. Parte, acompaña al agua celestial en su expedición vertical. El hombre mira caer la hoja, así de simple, y sus manos garabatean algo veloz en el cuaderno. Mientras tanto, amarilla limón, la hoja, toca por fin la superficie empapada de una baldosa escogida al azar.
Casi con seguridad, para el que sólo se dedica a mirar, a observar la vida sin buscar explicarla; a ver y dejar que el tiempo y sus circunstancias pasen; casi con seguridad, para alguien así, esa postal de noche lluviosa es bella. ¿Por qué no habría de serlo, al fin y al cabo? No existe ningún axioma que postule “lo ideal es una noche rebosante de estrellas, y la luna llena como corolario”. Quizás por eso, también, por lo arbitrario, libre y sin consecuencias de la observación, la hoja Amarilla limón puede considerarse como un hecho inaudito.
En efecto, cuando de la poesía de una mirada se trata, ésta no reconoce ni el lenguaje de la Razón ni el de la Ley de Causa y Efecto… ¿Por qué, entonces, no escribir la caída de una hoja hacia la vereda?, se interroga el extraño que degusta su cortado en soledad, acompañado únicamente por el ronroneo de la máquina de café, en el mostrador. ¿Por qué no?, me pregunto, cuando comprendo que, al fin y al cabo, lo poético del lenguaje reside en su efecto musical, azaroso e inconexo. En su capacidad de emocionar, conmover y sorprender. Prima, entonces, la subversión lingüística de lo real, su transformación en metáfora de otra cosa que ocupe su lugar; la resignificación o reasignación de roles; y a esa conclusión llego.
Con aplomo, me acerco al extraño, fascinado por ese aire importante y ese no sé qué de la soledad que lo acompaña. ¿Será que me da la imagen de un dandy, tal vez? Él levanta sus ojos y me mira.
Tal como estaba previsto, no hacen falta las palabras. Extiendo una mano, agarro el respaldo de la silla, la corro y me siento. Al mismo tiempo, él toma su taza, la acerca ceremoniosamente a su boca y degusta, apenas mojándose los labios, la bebida ritual. El cuaderno está al alcance de mi mano, por lo que acerco a mi rostro su letra cursiva prolija, impresa en trazos azules y enérgicos, paralela a cada una de las líneas rayadas. Leo.
“Un cigarro que humea.
Terciopelo negro.
Una coda de piano.
Un caminante que sonríe.
(Por diecisiete segundos, de fé.)
Una carta.
Una mujer hermosa.
La escultura de un ángel.
Y se funde hacia el negro.
(Una cortina de agua desde el Cielo al Infierno y las ondas circulares que provocan las gotas al estrellarse.)”
Ya olvidados del papel, mis ojos atinan a mirar al extraño, por sobre el humo de su cigarro, que fuma apreciativamente, con una mueca de placer dibujada en las comisuras de su boca.
–O las hojas–, le sugiero.
Los ojos y la atención del extraño regresan desde lejanas regiones, se vuelven hacia mí y me miran. Él sabe de qué hablo; por eso se sonríe con aire benigno, y contesta:
–O el cuerpo de un hombre, ¿verdad?
Sin dejar de sonreírme, se incorpora, hurga en los bolsillos de su pantalón, extrae un billete de cinco pesos y lo deposita junto a la taza, ahora vacía. Acto seguido, encamina sus pasos hacia la puerta de calle. No saluda antes de salir, y yo lo miro irse, hasta que se pierde tras una pared en la esquina contraria, la quinta. Entonces me doy cuenta de que su cuaderno continúa abierto, en mis manos. Lo cierro, y en la cubierta puedo leer un título, una palabra, escrita en letras mayúsculas de imprenta:
“REFLEXIONES”
No hay ningún nombre. Ninguna referencia en ninguna parte. Es un anónimo, un desconocido, a stranger on the street, como rezaría una canción perfecta de un disco que alguna vez adoré. Se trata de un extraño que desnuda sus reflexiones y pensamientos para otro extraño, quizás. Vuelvo a abrir el cuaderno, y empiezo a leer una página cualquiera.
“El extraño saborea su café junto al ventanal que lo protege de la lluvia. A su vez, el techo del lugar, con su araña colgante, también le proporciona asilo. Mira distraído, alternando el exterior, las calles mojadas y el desfile de peatones y automóviles, y el interior, la quietud aparente de un lugar donde el tiempo se detiene, pero no. De pronto, observa al extraño, al otro, que saborea su café en el extremo opuesto del bar. Sin pensarlo demasiado, llevado por un impulso repentino, se levanta, cubre la distancia que separa su mesa de la del otro con paso decidido y firme, y se sienta frente a él. El otro no dice nada, ni parece sorprenderse. El extraño toma, entonces, el cuaderno del otro y lee lo que éste ha estado escribiendo. Cuando acaba, tras llegar a la última línea escrita, el extraño se limita a sugerir ‘O la hojas‘, a lo que el otro replica ‘O el cuerpo de un hombre‘. Tras sus palabras, el otro se levanta dedicándole una sonrisa al extraño, abona su consumición, se va y se pierde en la quinta esquina.
”El extraño, al rato, cierra el cuaderno que el otro dejó en sus manos, como olvidado. Lo abriga bajo el brazo y sale del bar. Se va. Deambula por calles oscuras, bañado por la fina llovizna que lava las huellas de su andar. Finalmente, llega a su morada, en el noveno piso de un edificio de departamentos. Entra en su cubículo y sale al balcón, se trepa a la reja que lo separa del vacío, extiende los brazos en cruz, simulando alas o la Crucifixión, y salta.
”El extraño cae. Cae, como si se tratara de una hoja amarilla limón, y se estrella contra el adoquinado húmedo con un ruido sordo.”
Me siento congelado, cuando termino de leer el relato. Aunque sé que son meras palabras. Y que las posibilidades son infinitas. Podría trabajarlas, cambiarlas, corregirlas, pulirlas, alterarlas, metamorfosearlas… incluso podría, simplemente, destruirlas o contradecirlas. Pero ya sé que esa idea inicial, esa caída, ese salto al vacío; ese motivo, si se quiere, persistió, persiste y persistirá. Pese a mí, un extraño. Y pese a cualquier otro extraño que lea, o no, lo que yo leí. Porque el lenguaje, me recuerdo, no responde a las leyes de causa y efecto, cuando de poesía se trata.
Y si otro extraño tuvo la capacidad de hallar, en la caída de mi cuerpo sobre el asfalto mojado, un rastro de poesía (sádica, es verdad, pero poesía al fin), comparándome con una hoja amarilla, muerta; es entonces, en mi agonía, cuando comprendo que es el hombre que me observa maravillado, desde el café de la esquina, quien lo leerá en el cuaderno que algún extraño poeta del Apocalipsis le mostrará. La lluvia y los truenos de esta noche lo preanuncian. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa es la Pasión, sino el Destino de Trascendencia?
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