Te digo, viejo: a veces me hace falta volver a esas épocas, cuando los sábados eran casi un día sagrado para encontrarme a la tarde en un café cualquiera (o en los cafés específicos que usábamos) con vos. Y leer, y escribir, y planear un mamotreto que tal vez nunca vea la luz pero que atesoro acá, en un archivo de Word, con las notitas al pie que metimos en varios lados (...)
A veces releo los viejos posts que colgaste. Es una forma de tenerte un poco cerca y presente. Y también a veces me pregunto por qué será tan difícil escribirte con soltura, sin ataduras, sin impedimentos. ¿Por qué a veces siento que me falta voluntad para hacerlo, si es lo que quiero hacer, lo sé? ¿Por qué la puta distancia, el puto océano, la puta vida y las putas obligaciones y circunstancias se emperraron en separarme del único igual que pude encontrar? Ése que mantenía esa llamita de creación viva, que me hacía escribir con ganas, pergeñar mis imperfectas elucubraciones en el papel o en la pantalla…
Qué sé yo, a veces da bronca esta dejadez. Es quedarse mirando la pantalla como un pelotudo, sin saber qué decir o qué hacer. No quiero salir afuera, no quiero enfrentarme a esa turba de mierda que circula por la calle, a esta ciudad en la que voluntariamente empecé a vivir hace unos meses. Y en la que seguramente seguiré viviendo andá a saber por cuánto tiempo. Pero con la que y en la que definitivamente nada me hermana ni motiva como para salir a sus calles y recorrerla. Ya no.
Ya no tengo una mesa de bar como destino. Ya no tengo una cara amiga que reconoceré al llegar o cuando entre después que yo. Ya no tengo un texto que corregir para leer. Ya no tengo nada. Sólo las putas ganas de volver el tiempo atrás. Con las ¿ventajas? del presente, es cierto; pero con las viejas costumbres de cuando todo era más despreocupado y podía dedicarle esas horas preciosas a tu compañía en el café.
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Federico » # » 12.03.06
Pensamiento actual: ****!. :(
Gollum-Julio » # » 18.03.06
Comía más temprano, o más temprano que el resto de la familia. Salía bajo el sol calcinante de Buenos Aires, atravesando las largas veredas del barrio de Agronomía sin sombra en la que detenerse, recalentándome la calva y transpirando la remera allí donde la mochila se pegaba a mi espalda. Llevaba mi inseparable compañero de viaje en la mano, el viejo y querido walkman, que hacía sonar sólo para mí lo mejor de Arena, de Garbage, de Jean Michel Jarré o de Los 7 Delfines. Y llevaba unas hojas escritas, algún recorte de diario y una libreta repleta de anotaciones más o menos coherentes, pero incomprensibles para cualquiera ajeno al mundo de donde provenían.
Y no importaba el calor, ni el sol, ni la media hora de bondi más quince minutos de caminata. El destino final era una simpática y modesta cafetería con aire acondicionado, café, té o cerveza, y lo más importante: un amigo. Y ganas de leer y escribir, de crear algo, por poco original que fuera. Ganas de superarse, de oír y de ser oído. De leer y de ser leído. De tomarle el pelo a un gallina cada vez que perdía River y de aguantar bromas de buen humor cuando lo hacía Boca. Ganas de pasar una tarde tranquila, alejada de las preocupaciones diarias, parte de una realidad paralela que, en ese momento, parecía ser la única verdadera. (...)