Los chantas se quedaron con todos los boletos.
Discúlpeme, Mancini, pero yo no estaría tan seguro de que Julito haya escrito esa aventurera novela llamada Los Premios atrincherado en las mesas de un bar que da al más pleno corazón del centro porteño, vea. O a lo mejor allá por los años 50 y 60, la federalísima zona de Avenida de Mayo y Florida, en los alrededores del Cabildo, no era tan populosa como es hoy día. Ni tan turística.
Cómo será de populosa la zona, viejo, que el 20 de Noviembre del 2004 algunos orgullosos bloggers nos allegamos hasta la Plaza de Mayo para acompañar a toda esa gente colorinche. Pero primero fuimos a devorar un delicioso café con leche y medialunas y manteca y cositas ricas en la confitería London City. Sí, ésa misma, donde usted se la pasó charlando con Piro.
Creo que usted ya sabe lo dado que soy a amar incondicionalmente a Cortázar. Y eso que, hace tres años, era bastante más joven que ahora. A tanto llega mi amor por la prosa del enormísimo cronopio que me hice traer especialmente una versión en francés de Rayuela, tan francesamente titulada Marelle por Editorial Gallimard y que atesoro como lo que es, una rareza por estas tierras tan anglosajonas a veces. Pero no es de Rayuela que quiero hablar acá, no. Todo esto se trata de Los Premios, es sabido.
Estoy seguro de que usted habrá visto en el mostrador del londinense bar esos folletitos degradados a fotocopia barata en papel color. Uno en verde, el otro en celeste; uno en perfecto español, el otro en inglés; uno pensado para los argentos y no tanto que hablan la lengua de Cervantes, el otro con el evidente objetivo de seducir a los extranjeros del otro lado del charco y más allá que hablan la lengua sde Shakespeare. Seducirlos a todos con la figura de nuestro ilustrísimo escritor. Hete acá los escaneos pertinentes de cada uno de los folletitos, por si quiere leerlos en detalle. Al clickear en cada imagen, podrá verla en tamaño original:
¿Los ha visto? ¿Ha leído su contenido con cuidado, amigo mío? ¿Se da cuenta del paradójico detalle que señalan los turísticos folletos? ¿Leyó esos reveladores primer y segundo párrafos en español que pretenden empalagar y desinformar, en cierto modo?
Durante la década del sesenta, un joven escritor, desconocido, intentaba realizar su primera novela. Para algunos críticos, aquella sería la mejor novela creada por aquel joven delgado, introvertido, de mirada melancólica, gran fumador.
Fue en alguna de estas mesas del London City, café mediante, donde se sentaba diariamente a escribir esa novela. Tal vez en la misma mesa que está Ud. en este momento. Estamos hablando de Julio Cortázar (1914-1984) y de aquel escrito que pasaría a la historia como una de las mejores piezas de la literatura argentina: “Los Premios” (1960).
Vamos, vamos, hombre. Qué despropósito. Es más que sabido que Julito se tomó un barco a Francia en 1951 y desde entonces, salvo algún que otro viaje de laburo a Italia o de placer al terruño, vivió en París prácticamente la totalidad de los años 50 y 60. Vea la biografía en Wikipedia, si no me cree. O consulte esos mamotretos llenos de correspondencia entre Julio y sus amigos, si puede. Con todos esos datos a la vista, ¿cómo se explica que durante la década del sesenta estuviera tratando de escribir su primera novela, cuando Los premios fue publicada por primera vez en 1960? ¿Acaso todo el famoso viaje a París y demás fue una gigantesca farsa montada por Cortázar, que en realidad estuvo haciendo el anónimo en las mesas del café con estampa londinense durante casi nueve años y además escribió Rayuela viendo en su imaginación todas y cada una de las calles de París? ¡Por favor!
Ahí, en las últimas dos páginas del libro sobre los premiados, hay una nota del autor, que empieza exactamente así:
Esta novela fue comenzada con la esperanza de alzar una especie de biombo que me aislara lo más posible de la afabilidad que aquejaba a los pasajeros de tercera clase del Claude Bernard (ida) y del Conte Grande (vuelta). Como probablemente el lector la escogerá con intenciones análogas, puesto que los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo, me parece justo señalarle tan fraternal coincidencia en el arte de la fuga.
El arte del robo es lo que parecen practicar los responsables de la confitería London City, creo yo. ¿No cree usted, Mancini, que lucran con la imagen y leyenda de Julito en beneficio propio? Les hacen creer a los millones de moscas que el gran Cortázar estuvo sentado día a día en las mesas de su barsucho, como si el hombre no tuviera nada más que hacer y se pasara los días dándole al cuadernito para escribir una novela que sí, se inicia en esa confitería, pero que, me atrevería a decir, no fue escrita ni en su inicio ni en su totalidad ahí.
Qué desilusión para usted, Mancini; qué desilusión para Piro, también; qué trágica desilusión para mí, que tanto me ilusioné la primera vez que vi ese retrato gigante colgado en la pared, justo en el preludio de una orgullosa marcha de la que, estoy seguro, Julito hubiera participado encantado nomás para compartir y sacar de la galera de su prosa inigualable algún personaje entrañable como los premiados por la lotería con un crucero en el Malcolm.
comentarios desactivados para este artículo
Para recibir las actualizaciones del sitio directamente en tu lector de noticias, agregá este enlace a tu lector de feeds favorito.
Para saber qué fue lo último que se comentó en el sitio, agregá este link a tu lector de feeds.
Todo es Construcción
Lewenhaupt es gestionado con TextPattern
El estilo Sangre Brillante es una creación de Jonathan Emanuel Lewenhaupt
Condiciones de uso: Licencia Creative Commons Argentina 2.5
Weblog es Cultura
Javier » # » 19.03.07
De hecho no lo escribió en ese lugar.
saludos