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Aarnau, el escriba de de eScriptorium, anunció una jornada de Puertas abiertas en su weblog. Cualquiera podrá registrarse y postear.

Tal como estaba en WordPress, ahora este sitio vuelve a contar con su apartado de Notas al Margen. Doy gracias a la gente de El florido byte por la inestimable ayuda que me brindaron.

Final de metraje

“Si nadie te abraza, lo harás.”
(Los 7 Delfines – Tu orden)

Mujer suicida Me acuerdo de que la lluvia te mojaba, y vos la sentías a través de la tela de ese vestido corto y celeste, como veteado de nubes. Era el mismo que habías usado a veces, para disfrutar las caricias del sol. Pero ahora era la lluvia que te mojaba, y entonces vos levantabas la cabeza; de cara hacia el cielo, cerrabas los ojos, abrías la boca, extendías los brazos y te convertías en una cruz. Una cruz que por el agua se dejaba acariciar.
Pero no estabas feliz. Y tus lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia, en una comunión que iba resbalando lentamente por tus mejillas.

Yo te miraba llorar, acurrucada junto a tus plantas. Tu jardín del balcón, que con tanto amor habías regado, cuidado, acomodado y contemplado durante esos años. Te miraba, cuando acariciabas las hojas de las plantas y les hablabas, repentinamente cercana al mar, con palabras silenciosas y dulces. Pero ellas no entendían. Porque vos te ibas a ir y no podías llevarlas con vos; porque las plantas, decías, son hijas de la tierra que las vio nacer y crecer. Y estaban destinadas, algún día, a morir en ese lugar. No como nosotros, criaturas errantes, extraños seres que se dedican a deambular por los días y por las noches, en ciudades infestadas de tinieblas, en antros de la perdición, en parques tapizados por el crujir de las hojas secas en otoño… No como nosotros, que nos dedicamos a vagar, errantes criaturas dotadas con el don o la maldita tortura del movimiento… No como nosotros, condenados a vagabundear de acá para allá, en busca de algo que no conocemos y se nos vuelve siempre esquivo. Y cuando finalmente creemos haber hallado un cierto asentamiento, éste resulta de una realidad ilusoria… y así debemos emprender, una vez más, la marcha que nos conduce a otros lugares y otras gentes.
Y vos ya sabías que lo que buscabas se encontraba más abajo, más profundo. En realidad, te habías dado cuenta de eso la tarde que una viejita del sexto (ya se sabe de lo que son capaces las víboras) te contó la historia final del anterior ocupante del departamento, ¿te acordás? El que había fallecido por culpa de algunos tornillos flojos en la baranda de tu balcón. Sin embargo, en aquel entonces no le diste demasiada importancia a su advertencia velada… aunque algo en esas palabras te había indicado un camino posible.
Ahora, poco a poco, y hablando todavía con tu jardín, te encaramabas a la baranda y al borde del balcón. Entre sollozos mirabas hacia abajo, a la gran avenida y su desfile de automotores y gente. Y de repente, empezabas a reírte, porque te acordabas de algo que habías leído sobre el aplastamiento de las gotas, que era como un suicidio desde el borde. Pero un suicidio involuntario, a veces, que siempre terminaba en un sonoro plaf, con la redonda complicidad de la gravedad. Y vos te veías en esa situación, una entre miles de gotas que pedían caer hacia su destino. Era seductor.
Y yo, aunque vos no podías verme ni saberlo, yo te miraba y tenía ganas de abrazarte y decirte que partir no implicaba morir; que ya volverías a disfrutar de un jardín… pero no podía hacer nada mientras te despedías de tus plantitas y les decías que ibas a buscar, por fin, tu lugar, tu tierra, tu reposo, un lugar donde volver a nacer y crecer; porque, en el fondo, vos eras como ellas, una hija de la tierra. Por más que a veces te movieras, como deberías hacer ahora para desplazarte y llegar a ese centro que anhelabas.
Y entonces, yo miraba, con los ojos muy abiertos y una muda protesta, cómo tus manos soltaban esa baranda (que esta vez sería inocente). Y tus pies sentían, la última vez, esa levedad que constituye el vacío… como las manitas de las gotas en movimiento.
Y te reías, y llorabas… de pura felicidad.
Seguramente, la brisa te llevó mis palabras: Adiós, gotita, adiós.

Y el inocente niño que caminaba por la vereda de enfrente, ese niño que se resistía a cobijarse bajo el paragüas protector que le ofrecía su madre, te vio también, y exclamó: ¡Mirá, mamá! Un ángel está cayendo del cielo.

Parallel

“Una literatura de pasajes.”
(Beatriz Sarlo)

Un estampido seco. Un sacudón terrible del césped y restos verdosos esparcidos alrededor. La retroalimentación que regresa todo a su estado normal, pero no. La fuerza aplicada al objeto esférico que ahora empieza a elevarse del suelo, a surcar el aire rumbo a su objetivo; la fuerza resultó feroz.
En la otra punta del vector, los ojos otean el horizonte y ven agrandarse en su campo visual la vaga silueta redonda que se va acercando cada vez más a cada (mili)segundo que pasa. Una gota de sudor empieza a deslizarse por la frente; resbala mansa, llega al límite exacto y lo traspasa; se desplaza por la mejilla y se mezcla con las lágrimas que comienzan a brotar solas de los ojos ya cerrados.
Entre el punto de inicio y el final de su trayectoria media una distancia equivalente a campos y campos minúsculos de hierba rala. Su elevación, a medida que recorre el espacio, se incrementa. En un momento se nivela, permanece horizontal. Pero es sólo un instante: ahora empieza a decaer, a caer, a caer hasta situarse al nivel de una cabeza humana.
Instintivamente, el brazo se estira y busca proteger quién sabe qué del contacto, del impacto inevitable. Pero es inútil. Es inútil todo intento de huir de la realidad, pues la suerte estaba echada desde el mismo momento en que eso partió de su origen.
Y eso alcanza de lleno el blanco y concreta su objetivo de victoria.

El grito unánime de los fanáticos que colman el estadio con el dolor de cuerpos mutilados por la explosión; los saltos de alegría y el derrumbe de la edificación; la desilusión de los perdedores, el llanto de los niños; la pelota ajena a todo, la bala de cañon ajena a todo.
El héroe de la noche llevado en andas por sus compañeros.
El artillero felicitado por su superior.

Las paralelas que se tocan por ahí.

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